Casi 300 muertos, más de 2.000 heridos y cientos de familias sin hogar es parte de la huella imborrable de aquella fecha

Por: Brian Figueroa
29 Jul, 2022 - 3:38 pm

El 29 de julio de 1967 Carmen Pérez tenía trece años. Estaba parada frente a su casa, en la parroquia Antímano de Caracas, viendo a un grupo de músicos que todas las noches ensayaba. Eran las 8:05 de la noche.

De pronto Carmen escuchó un estruendo. Un rugido como salido de la tierra.

-Ese ruido nunca lo había oído. Luego todo empezó a temblar.

La gente que recuerda el gran terremoto de Caracas de finales de los 60 suele contar una historia con las mismas señales.

Un rugido gutural, subterráneo, pavoroso; muchos gritos y gente desesperada. Y el gran temblor.

El estruendo quedó atrapado para siempre en una grabación de radio.

Minutos antes del terremoto, se grababa una canción navideña en un estudio de Antímano. En el audio se escucha el rugido de la tierra.

55 años después ya casi no abundan los relatos de aquella noche.

Casi nadie recuerda nada de ese último gran terremoto porque parece que fue hace demasiado tiempo.

Las nuevas generaciones sólo saben de aquel día como una leyenda urbana, lejana y opaca.

Pero quienes lo vivieron y sufrieron, aquella noche marcó un antes y un después en sus vidas.

Esa noche Caracas quedó barrida por el terror, la muerte y la destrucción.

-Recuerdo que todas las cosas de la casa, los artefactos, los equipos de los músicos que ensayaban, empezaron a explotar- dice Carmen-. Jamás olvidaré aquella noche.

La destrucción que surgió de la tierra

A las 8.05 de la noche de aquel sábado se registró el terremoto más devastador que ha sufrido Caracas. Bastaron sólo 35 segundos para que se registraran casi 300 muertos.

Los heridos se contaban por miles. Caracas, que marchaba con ritmo pujante hacia la modernidad, quedó hecha ruinas. Fueron más de 2.000 heridos y miles de familias quedaron sin hogar.

Para aquella época Venezuela no contaba con un instituto de monitoreo sismológico. El terremoto fue registrado desde el Observatorio Cajigal.

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El ente, que monitoreaba los fenómenos naturales para ese entonces, no pudo precisar exactamente el epicentro ni la magnitud del terremoto.

Al sismógrafo pendular que se utilizaba en aquellos tiempos se le rompieron los flejes de las agujas con la sacudida. Los equipos de células fotoeléctricas tuvieron también desperfectos.

Sin embargo, el temblor fue registrado en una escala de 6.5. Otros medidores indican que fue de 6.7.

En un bar de dudosa higiene, en La Candelaria, Carlos Ramírez se ríe nostálgicamente, a sus 78,  al recordar aquella noche.

Tenía 23 y manejaba su primer automóvil. Su padre se lo dio por su cumpleaños.

-Iba por la Fajardo a la altura de Plaza Venezuela, con la que era mi novia de aquel entonces. La ciudad estaba bulliciosa, como cualquier sábado. De repente el auto se movió bruscamente. Pensé que nos habían chocado.

-¿Escucharon un rugido o algo similar?

No recuerdo. Teníamos la radio puesta y capaz eso borró el aullido que todo el mundo dice que escuchó. Yo no lo oí. Mi novia tampoco, estoy seguro.

-Entonces usted creyó que los habían chocado

Sí, pero fue peor. El auto se sacudió de una forma anormal. Pensé que algo gigante nos empujaba. De repente todo quedó a oscuras.

Carlos recuerda que en medio de la oscuridad comenzó a oír un sonido lejano como de algo rompiéndose.

A lo lejos comencé a escuchar gritos. Gritos de verdadero pánico. Luego escuché un gran estruendo y algo que caía fuertemente sobre el piso. La luz se había ido del mundo y algo me decía que acababa de derrumbarse algo.

El terremoto derrumbó unos seis edificios completos en la ciudad. Otras tantas casas colapsaron o quedaron no habitables.

Fachadas, vallas, postes y esculturas terminaron destrozados a causa del sacudón.

Los daños materiales fueron de millones de dólares.

En algunos edificios los ascensores se desplomaron. Algunos con gente, otros vacíos.

Mucha gente quedó atrapada en escaleras, sótanos y edificios con riesgo de derrumbarse.

La fuerza del terremoto afectó a los jóvenes bloques de El Silencio, que quedaron resquebrajados y fracturados en fachadas y ventanas.

Decenas de señales, avisos y pancartas quedaron desparramadas por las calles.

Pero el verdadero miedo vino luego, con las réplicas. Tras el primer sismo, se registraron varias réplicas que acrecentaron el temor de una catástrofe mayor.

Estas fueron las que más impresión dejaron en la gente.

Con las réplicas fue peor, los nervios los teníamos de punta– recuerda el señor Carlos- Miré a mi novia, estaba en shock, y yo pensé que no debía quedarme ahí. No sé cómo, pero logré prender el carro e ir hasta mi casa, en el oeste.

Caracas destrozada

El terremoto sembró el caos de punta a punta. En el este se desplomaron edificios de más de 10 pisos según el reporte oficial de entonces.

En zonas como La Pastora, San José, Manicomio y Agua Salud el sismo dejó destrozos y daños menores.

Los bloques del 23 de Enero resistieron la embestida, pero algunas casas de La Pastora desaparecieron para siempre.

Mientras, a las nueve de la noche, los hospitales comenzaron a colapsar con los heridos. El pánico se había regado por toda la ciudad.

Llegué a casa y, gracias a Dios, mi familia estaba a salvo. Unos vecinos sí murieron al caerles la casa encima. Jamás en mi vida había sentido tanto miedo- rememora Carlos y el trago largo de cerveza que se empina desaparece en un segundo, junto a los recuerdos.

En Caracas reinó el caos y el pánico.

En la Maternidad Concepción Palacios, las internas corrían de un lado a otro con los recién nacidos en brazos. Salieron a la calle, a la plaza de al lado, buscando ayuda, buscando respuestas.

En muchos sitios la escena fue la misma. Gente corriendo, gritando, desesperada. Jamás habían vivido algo parecido y no sabían qué hacer.

Las pocas emisoras de radio que funcionaban comenzaron a hacer cobertura de la noche.

Las autoridades registraron varios heridos por arrollamiento. Muchos conductores, al huir despavoridos, atropellaron a quienes se les atravesaron en el camino.

El sismo fuera de Caracas

En el litoral hubo daños parciales. Sólo dos edificios colapsaron, pero los daños a viviendas fueron igual de fuertes que en Caracas.

Las escenas eran casi las mismas: fachadas derrumbadas, fracturadas, paredes parcialmente caídas. Las calles parecían un preludio del apocalipsis.

Mientras, en el lado sur del Lago de Valencia hubo inestabilidad del terreno y se temía por un desbordamiento del agua. También hubo deslizamientos de tierra del lado norte.

Algunos tramos de las carreteras hacia la costa, El Junquito, la Colonia Tovar y Naiguatá sufrieron derrumbes y deslizamiento del terreno.

En general, los daños materiales fueron incalculables. Se estima que fueron miles de millones de dólares perdidos.

Muchos edificios de la ciudad quedaron sentidos, fracturados, resquebrajados, deformes o incompletos.

En la mayoría de los estados del país la gente se quedó en la calle y permaneció toda la noche en vela.

Ciudades como Barcelona, Puerto La Cruz, Valencia y La Guaira el temblor causó pánico a pesar de no sentirse tan fuerte.

Mientras, en Caracas y algunos estados el servicio eléctrico se había ido. Para la medianoche, Caracas era desoladora, presa del pánico y la incertidumbre.

Caracas, los días después

Como la gente estaba en vigilia, los equipos de seguridad y rescate no se daban abasto. Bomberos, ambulancias, patrullas y rescatistas llenaban el aire con sus sirenas y avisos.

Magda (Como pidió ser llamada) tenía seis años cuando su mundo se le derrumbó. Vivía con su madre y un tío, ya anciano, que milagrosamente sobrevivió.

Vivió unos años más, quién lo diría.– recuerda con una sonrisa.

Magda vivía en el 23 de Enero, en uno de esos barrios que ya prosperaban desde el regreso a la democracia. .

Recuerdo más nítidamente el después que el durante- dice, mientras le da un sorbo a su taza de café. Está mirando al horizonte, hurgando en el pasado.

Luego del temblor nos llevaron a una cancha junto con más personas. Mi mamá tenía sangre en la mitad de la cara, un pedazo de pared casi la mata pero sólo logró golpearla.

La pequeña Magda pasó toda esa noche tiritando de frío, a pesar de que un militar le dio una cobija para que se abrigase.

La casa donde vivían se derrumbó por completo con una de las réplicas.

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Con el primer temblor se cayó una pared, luego otra iba a caernos encima y mi madre logró sacarme de ahí rápido. Cuando estaba sacando a mi tío fue cuando casi la mata un pedazo de pared.

En todas las plazas de Caracas hubo congestión de personas. Voluntarios y rescatistas hacían lo que podían para atender a la gente.

Se pusieron colchones y se buscó agua hasta debajo de las piedras. Algunos creyentes se arrodillaron en oración, temiendo una catástrofe mayor.

Recuerdo mucha gente llorando, rezando, nerviosa. Todo estaba oscuro. Recuerdo que habían algunas velas encendidas y los reflejos de las linternas barriendo de un lugar a otro.

Todo lo que cuenta Magda de esa noche parece estar suspendido en el tiempo, borroso pero con la misma sensación de desolación como si lo hubiese vivido ayer.

A raíz del terremoto, y luego de las investigaciones para determinar daños, se le recomendó al presidente Raúl Leoni la creación de un instituto que estudie y monitoree los eventos sísmicos.

Es así como durante el primer mandato de Rafael Caldera se creó, el 27 de julio de 1972, la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis).

Los trabajos y estudios de Funvisis cubren un amplio campo de trabajo. evaluación de sismogramas, actualización de normativas, estadística de eventos, investigaciones tectónicas, etc.

En la actualidad, Funvisis se encarga de mantener la Red Sismológica Nacional actualizada, por lo que reportan en su página web todos los movimientos registrados en el país.

En las décadas que siguieron al terremoto Caracas se reconstruyó paso a paso.

Los edificios nuevos empezaron a construirse con normas antisísmicas. Los escombros del pasado fueron desapareciendo, dando lugar a nuevas estructuras.

El próximo gran terremoto

En los meses siguientes al temblor, la ciudadanía se preguntaba si había riesgo de un nuevo terremoto y, quizás, más devastador.

Los estudios científicos han demostrado que no pueden predecirse los sismos, pero una teoría surgió en el caraqueño a finales de las década de los 60.

Muchos comenzaron a sacar cuentas y a tratar de adivinar cuándo sería el otro gran terremoto.

Antes del evento del 67, se registraron sismos de gran magnitud en 1812 y 1900 (terremoto de San Narciso).

Un rango de diferencia entre 60 y 90 años.

La prensa de la época se hizo eco de algunas supersticiones. Afirmaron, siempre en voz de videntes, brujos, pitonisos, adivinadores, chamanes y cualquier visionario del futuro, que el próximo terremoto sería en 60 años.

Foto cortesía de Venezuela Inmortal

Si las creencias son ciertas, Venezuela está a pocos años de una nueva sacudida. ¿Estará preparado el país? Ya veremos.

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